HENTAI

En la boca de Rosalía, las palabras tienen a menudo más relieve que significado exacto. ¿A qué se refiere con eso de que quiere hacerle hentai a alguien? El uso a contrapié gramatical, casi conceptual, de una palabra que en occidente remite a un género de historietas algo kinky y que en Japón se emplea sobre todo como apóstrofe denigrante lanzada a pervertidos y voyeurs, abre un espacio evocador en el que podemos precipitarnos y proyectar las imágenes eróticas más diversas. Aunque seguramente no señale la cantante un sencillo misionero con la luz apagada, ya que en el resto de la canción nos habla de ropa de cuero y de grabar vídeos. Entronca así con la tradición secular, arraigada con fuerza en el imaginario europeo, que convierte al espacio oriental en el espacio de exploración de las sexualidades menos convencionales, tajantemente censurado y temido por las fuerzas más conservadoras.    

«mediocres comediantes llevarán a escena nuestras fiestas de Alejandría…»

Siempre ha estado allí. Podemos remontarnos hasta los dos pilares de nuestra cultura, la tradición judeocristiana y Roma, y encontraremos imágenes similares. En la Biblia, la otredad la encarna Babilonia, esa civilización extraña en la que, dicen, los templos los llevan sacerdotisas que ejercen la prostitución y en la que el día de la gran fiesta en honor Ishtar, su majestad el Rey copula con la gran sacerdotisa en homenaje a la unión de la Diosa del amor con Gilgamesh, el gran héroe épico. En Roma, la otredad la encarna Egipto, a donde fue a perderse el gran Marco Antonio, antaño cúmulo de virtudes patrióticas y role model para todos los jóvenes legionarios de la República, cuyos adversarios políticos se emplearon en presentar como títere de una pérfida reina oriental, convertido a base de malas artes eróticas y de drogas en una amenaza para su ciudad natal. Y en la Europa Medieval y barroca, la otredad la encarnaba el mundo islámico. La primera traducción al francés, en 1704, de las mil y una noches, fue una auténtica bomba cultural, con sus historias truculentas y eróticas, a menudo homosexuales, que transcurrían en la corte opulenta y lasciva del Bagdad abasida de Harún Al-Rashid.

Concubinas e hijos del Rey de Siam

Pero conforme el ímpetu explorador y colonizador europeo llevaba más y más lejos a los barcos y ejércitos del continente, otras otredades iban apareciendo, otras situaciones de contacto en la que incomprensión, fascinación y condena moral se mezclaban a partes iguales. Cojamos por ejemplo Tailandia, en aquel entonces Siam. En 1862 llega a la corte del Rey Mongkut una viuda inglesa, Anna Leonowens, con esa mezcla improbable de puritanismo y de feminismo de las mujeres victorianas de carácter. El monarca, interesado en modernizar el país, le ha encargado la educación de las esposas, concubinas y príncipes de su harén. En un país en que la prostitución no solo está entonces tolerada, sino enmarcada por el estado, que percibe ingresos fiscales de la actividad de los burdeles. Las memorias de la institutriz, que Hollywood adaptará más tarde con su estilo, digamos, poco realista, son un testimonio de la mirada a la vez curiosa, enternecida y censora que podía portar una occidental del XIX sobre una sexualidad más desacomplejada pero también más descarnada que la que imperaba en la rígida sociedad británica.

El barrio rojo de Yoshiwara a finales del XIX

Otro estado que se lucraba en cantidades no desdeñables con la actividad de los barrios rojos era, evidentemente, el Japón de la era Edo. El más famoso de estos barrios fue Yoshiwara, creado expresamente por el primer shogun Tokugawa en 1617, en su programa político consistente en controlar el menor aspecto de la vida social del país que acababa por fin de pacificar. Varios siglos después, fue también Yoshiwara el primer punto de desencuentro entre el flamante nuevo gobierno imperial de la era Meiji y la armada de especialistas, técnicos, ingenieros y militares occidentales a los que contrató para la modernización exprés del archipiélago. De entre todas las perversiones niponas que escandalizaron a esos europeos decimonónicos, uno  resulta particularmente significativo: la falta de tabú sobre el placer femenino, con los anuncios de consoladores en la prensa local o las colecciones de Ukiyo-e erótico-pedagógicos que explicaban a las mujeres cómo alcanzar el orgasmo (Ukiyo-e que fueron denostados en público pero que el contrabando hizo llegar a las manos de los coleccionistas en Europa, para ejercer un poderoso influjo en la pintura post-impresionista). Acomplejado por la superioridad técnica y moral de sus consejeros occidentales, el gobierno cedió y acabó prohibiendo la literatura pornográfica, convencido de que aquella era la senda del progreso.

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