Armas

Tres iconos de mis años mozos y, en las manos de cada uno, su arma característica, cargada de simbolismo. Son Goku y el bastón mágico, que invitaba a su dueño a alargarlo y a encogerlo según su voluntad y al público a multiplicar las alusiones biológicas según su grado de (in)madurez. Seiya y el arco de la armadura del Sagitario, tensando la cuerda como tensado estaba todo su cuerpo, su alma, sus lágrimas y hasta el cosmos entero. Kenshin (cuyo nombre puede traducirse como el corazón de la espada) y la katana de filo invertido, únicamente defensiva, como el alma japonesa confrontada a una modernidad impuesta, acelerada y extranjera. Bastón, arco y espada, tres armas que son tres metarelatos cuyo principio se pierde una vez más en la noche de los tiempos.

El templo de Shaolin, Chang Cheh, 1976,
o la peli que nos devolvió a los monjes

En nuestro imaginario occidental, el bastón está inevitablemente asociado a la figura del monje budista. Y así fue históricamente. Hacia el siglo V, o el siglo VI, las fuentes son escasas, Daruma llega a China desde la India y funda el famosísimo monasterio Shaolin, cuna del budismo zen. Para defenderse de los grupos de bandidos y merodeadores o, más tarde, para implicarse durante siglos en la alta política china (hasta que un emperador menos paciente ordenó la destrucción del templo), los monjes desarrollan numerosas técnicas de autodefensa envueltas en una sofisticada espiritualidad. El bastón se convierte en el arma estrella. Para empezar, es uno de los pocos objetos que puede poseer un monje que haya hecho votos de pobreza. Sobre él se apoya cuando cruza la campiña y los pueblos en la recolecta de la limosna. Es un objeto sencillo, humilde, simétrico y perfectamente equilibrado, todas las cualidades a las que debe aspirar aquel que pretenda seguir los pasos del Buda. Es un arma defensiva. Mejor aún: es un arma pedagógica. Cuando la oveja descarriada recibe su merecido golpe, no es el monje quien lo asesta, sino el propio Dharma, recordándonos su ley.

Avatar, Michael Dante DiMartino, 2005
Dragon Ball, Akira Toriyama, 1986,
o toma Dhrama Tao Pai Pai

No nos sorprende pues que Aang use un bastón en Avatar. Al fin y al cabo, es el último maestro del aire, criado en el gran monasterio de los maestros del aire. Pero, ¿y Son Goku?  Nos cuesta un poco más imaginarlo como monje versado en los más complejos problemas teológicos. Aunque su corazón es puro, sus deseos escasos, por no decir inexistentes, y sus golpes no están cargados, al menos en un principio, con ningún tipo de animadversión hacia su oponente. Un simple instrumento del Dharma. Y Son Goku es sobretodo la actualización de Sun Wukong, el Rey Mono, con idéntico bastón mágico, guardaespaldas del monje Xuanzang en su peligroso viaje al oeste, a la India, en búsqueda de las sagradas escrituras del Buda. El bastón al servicio de la iluminación.

El gran arquero Arjuna y Visnú

Antes del bastón, sin embargo, fue el arco. Porque en Asia, la primera arma fue el arco. Los bellísimos arqueros persas en cerámica turquesa de la sala del trono del palacio de Dario así nos lo recuerdan. Y hasta los samuráis fueron en un principio arqueros a caballo, antes de que en el tiempo mítico de las novelas y las estampas se prefiriera la mística de la Katana. Los dos héroes protagonistas de los dos grandes relatos épicos de la antigüedad india son arqueros y así están representados en todos los frescos y bajo relieves de palacios y monasterios de toda Asia del Sur, y en las películas de Bollywood y en los cromos kitch del subcontinente. Uno es el Rama del Ramayana, que podríamos asimilar a nuestro Ulises en su periplo mágico por media India del Sur para rescatar a Sita. El otro es el Arjuna del Mahabarata, más parecido a Aquiles en su dimensión trágica. La interminable guerra que opone a los Pandava y a los Kaurava, y que ya se ha cobrado un sinfín de vidas, parece estar tocando a su fin cuando ambos clanes reúnen a dos gigantescos ejércitos en un campo de batalla. En una colina, Arjuna, el mejor arquero del país, el más bello y sabio y compasivo, tensa su arco. Apunta hacia sus adversarios. Y duda. ¿Para qué tanta muerte? ¿Para qué luchar? ¿Por qué él, por qué allí, por qué entonces? Y esos escasos segundos con la cuerda tensada van a verse dilatados en el medio centenar de páginas que componen el Baghavad-Gita, texto canónico hinduista, en los que básicamente Visnú baja del cielo, le explica a Arjuna el orden cósmico y (en sutil ataque a los preceptos budistas que amenazaban a los brahmanes) le pide que se deje de lloriqueo y de no violencia y que su misión cósmica es lanzar esa flecha.  Y la flecha es lanzada. Y los Pandava vencen. Y Arjuna muere.  

Madoka Puella Magi, Akiyuki Shinbo, 2011
Saint Seiya, Masami Kurumada, 1986

También en el anime se dilatan los segundos que preceden al momento paroxístico en que el héroe dispara la flecha: el rostro desgarrado por las lágrimas de un Seiya vestido con la armadura de Oro de Sagitario y su arco, Madoka Magica convertida en gigantesca redentora del dolor de las adolescentes a base de flechas, e incluso Sinji subido al EVA con toda la electricidad de Japón en sus manos, en todos ellos me gusta ver a Arjuna suspendido en éxtasis místico y me gusta sentir colarse al universo entero, tensado como esa cuerda, antes de empezar a vibrar al soltarla.

Tigre y dragón, Ang Lee, 2000
«be bambú my friend»

Resta la espada, probablemente la que más nos fascinó en nuestras fantasías de chiquillos y más nos siga fascinando. La espada, el único de estos tres instrumentos pensado exclusivamente para quitar la vida a humanos, sin ninguna otra utilidad. Y, de esta relación singular con la muerte, el que ha sido asociada a una religiosidad más palpable, en todos los sitios. La espada en forma de cruz de nuestro miles cristiano. Frente a ella y frente a su luz se arrodilla, la besa y con ella y por ella es “bautizado” el caballero.

Harakiri, Masaki Kobayashi, 1962
si no la has visto estás cancelado

La espada de los maestros taoístas, que se dobla y arquea tan fácilmente como el junco del bambú, cuyo metal incluso ondea y vibra como círculos concéntricos sobre el agua. “Be water my friend” solía decir Bruce Lee. Todo el Tao se basa en el rechazo a lo rígido y el fluir con la naturaleza. ¿Qué mejor metáfora que ese hierro que parece volverse liquido al cruzar las espadas dos maestros?

Lady Snow Blood, Kazuo Kamimura, 1972

Y la Katana, la inquietante katana. Al acabar el largo periodo de las guerras civiles e instaurarse el largo periodo de paz de la era Edo, los samuráis guardan sus quiméricas armaduras en el desván con las cosas del abuelo. No así la katana, símbolo de un estatus que hay que defender en un momento en que mantener a una casta de guerreros no parece tener una utilidad social clara. Se entregan entonces a la lectura y escritura de unas novelas que nadan en la nostalgia por las gestas de los antepasados, romantizan el arte del sabre y romantizan también la muerte. “He descubierto que la vía del samurai es la muerte” escribe Hagakure en 1716 : la belleza será mórbida o no será.  La muerte en sí, y no el entierro, se convierte en un ritual rodeado de bellos y sofisticados mimos. La muerte por suicidio ritual, claro está, mediante el tanto o katana corta, con público, sobre una sabana de inmaculado blanco.  O la muerte en el duelo de espadas. En las espectaculares composiciones de página de los mangas de Kamimura o Ishinomori, dos katanas chocan y un destello brilla en la noche: vida y muerte, satori y oscuridad se confunden en ese infinitamente pequeño momento de crisis en el que todo se decide.  

Un comentario sobre “Armas

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  1. Mola. Entiendo que tenías que resumir, pero hay un montón de simbolismo aún más esotérico colgado para todas estas armas y para otras. Por ejemplo, el bastón es tradicionalmente el vínculo entre tierra y cielo (una obsesión China en general). Y así, el bastón de Son Goku también es lo que le permitirá subir hasta el palacio flotante de Kamisama.

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