Cortes e institutos (禁中と高校)

He de confesar que tengo dos placeres culpables, si es que existe un placer culpable: las películas de adolescentes y las películas de princesas. Hasta que hace poco, mirando Sex Education, me di por fin cuenta de que, en realidad, eran la misma cosa: las high school americanas con sus complejas reglas tácitas no son sino la recreación actualizada de las cortes europeas con su elaborada etiqueta. La arquetípica adolescente naif recién llegada a un nuevo instituto se adentra cual María Antonieta o cual Sisi Emperatriz en una sociedad hostil, cuyos códigos deberá aprender bajo la mirada escrutadora de sus compañeras, que la espían protegidas por las rendijas de los casilleros, como las cortesanas de Versalles lo hacían protegidas por sus abanicos lascivos. La ingenuidad inicial se apaga a medida que se integra la necesidad de un control de las emociones impúdicas, aunque nunca se apaga del todo: un resto de inocencia impide que la heroína se funda completamente en la mundanidad cínica del grupo de las cheer leaders harpías. Y así, en el esperado happy ending, la princesa modosita destrona a la reina del baile durante la ceremonia de coronación. En el fondo, casi todas las teenage movies son la historia de un golpe de estado palaciego

Si en algún lugar del mundo se superó a Versalles en sofisticación y complejidad, fue sin duda en las cortes orientales. Y si en algún lugar del mundo se consumen tantas o más historias de adolescentes de instituto que en EEUU, es en Japón. ¿Puede entonces trazarse este mismo paralelismo entre, por ejemplo, el primer día de Ranma en su instituto y las dificultades de la princesa Kagura intentando introducirse la corte de Kyoto?

El principe Genji espiando, rollo ilustrado del Genji Monogatari, siglo XI

Antes de los samuráis y de los castillos provinciales, antes de las katanas y de las armaduras terroríficas, Japón vivió durante el periodo Heian una época de intensa vida cultural cortesana, concentrada en la capital imperial y masivamente influenciada por las modas chinas. Ya en el crepúsculo de esa civilización, mientras los hombres seguían escribiendo en chino (y en un chino mediocre), una mujer, la Dama Murasaki, compuso lo que se suele considerar la gran obra maestra de la literatura japonesa, el Genji Monogatari o Romance de Genji. Durante más de dos mil páginas, seguimos las aventuras amorosas del extraordinariamente hermoso príncipe Genji, infatigable seductor e hijo secreto del emperador, así como sus estrategias para medrar en ese Kyoto aristocrático donde reinan apariencias y medias verdades. El juego erótico preferido del don Juan nipón es espiar a las damas y, a través de las paredes de papel de arroz, las cortinas de bambú, los coloridos velos de seda y los intensos maquillajes blancos, conseguir admirar la cara de la dama, provocándole si puede una expresión auténtica (= no fingida o elaborada), de goce, miedo o vergüenza, o todas a la vez. Así, en un célebre episodio, suelta un puñado de luciérnagas en la penumbra de una habitación para sorprender la mueca de disgusto de una dama.  El Genji Monogatari y otros diarios íntimos y cuentos que las damas de la corte de Heian escribieron para tratar de evadirse de esa prisión dorada en la que vivían, acabaron de fijar, además de las bases del japonés literario, la forma en que se representaría a partir de entonces  la vida cortesana, con una dicotomía esencial entre, por un lado, la elaborada máscara social que en los rituales de palacio se mostraba a la omnipresente mirada ajena y, por el otro, la delicadeza y la fuerza de las emociones interiores que siempre amenazaban con descontrolarse. ¿Puede existir dicotomía más adolescente?   

Touch, Mitsuri Adachi

Algo parecido encontramos en el antaño considerado rey indiscutible de las comedias adolescentes y los mangas de deporte (y uno de mis mangakas preferidos), Mitsuri Adachi. Sus mangas, y en particular su obra maestra Touch (Bateadores en España), suelen tener como heroína principal a la estudiante modelo, primerísima de la clase, deportista de alto nivel, hija obediente y miembro insigne de la comunidad que siempre ha hecho lo que se esperaba de ella. La dama cortesana ideal, en definitiva. Hasta que página a página, con esos silencios que tan bien maneja Adachi, una emoción impúdica empieza aflorar. Silencios y parquedad en la palabra son otro rasgo distintivo de sus mangas, de sabor para mí inconfundiblemente palaciego, subrayado en contrapunto por el gusto de Adachi para con los gestos justos, esos que están en perfecta armonía con la situación (como las elegantes piruetas de las heroínas en clase de gimnasia o de salto de trampolín) y los gestos que traicionan, esos que expresan lo contrario de lo que el discurso pretende expresar. Basta, para entenderlo, observar la forma tan elegante en que presenta a sus tres protagonistas cogiendo su cartera por la mañana en las primeras páginas de Touch.

Ranma 1/2, Rumiko Takahashi, o no hay presión

En el extremo opuesto en cuanto a tono hallamos a la otra reina indiscutible de las comedias adolescentes, Rumiko Takahashi, en cuyas obras el silencio deja paso al ritmo más alocadamente frenético. Dos de sus mangas más conocidos, Urusei Yatsura y Ranma ½, se desarrollan casi íntegramente en un instituto y tienen como premisa inicial un motivo eminentemente cortesano: el matrimonio concertado por las familias entre Lamu y Ataru en el primero y entre Ranma y Akane en el segundo (desconozco la extensión de esta práctica en la actualidad, pero digamos que en ambos mangas huele mucho más a herencia literaria que a marcador realista).  A partir de esta situación de apertura, la relación entre los protagonistas va evolucionando sobre las planchas de este gran teatro vodevilesco que es el instituto, permanentemente escrutados por las familias y por sus compañeros de clase: la presión social y el qué dirán es quizá el tema preferido de todas las obras de Takahashi.

Death Note, Tsugumi Oba, o el elogio de la sombra

Cambiemos otra vez completamente de registro. El inclasificable Death Note, una especie de thriller psicológico gótico-policial, solo se desarrolla tangencialmente en un entorno escolar. Aún así, los dos antagonistas, L y Kira, son dos estudiantes de instituto. Y la cantidad de filtros que van levantándose a medida que la obra avanza hasta el cara a cara esperado, las pantallas de ordenador interpuestas, los nicknames, los emisarios e intermediarios, la penumbra en la que siempre se hallan ambos, a veces me recuerdan las innumerables puertas, cortinas y velos que tienen que apartar los galanes como el príncipe Genji hasta llegar al sancta sanctorum, el lecho de la dama.

Great Teacher Onizuka, Torua Fujisawa

Y ya que hemos vuelto a cruzarnos con el príncipe de extraordinaria belleza, acabaremos con una analogía que roza la blasfemia. Como profesor, sentí una ternura especial en mis primeros años de oficio por el manga Great Teacher Onizuka, que narra las desventuras de Onizuka, macarra callejero y malhablado, cuando por un giro inesperado acaba de tutor de una clase de instituto. Los modales de Onizuka no podrían estar más alejados de los del príncipe. Sin embargo, me gusta imaginármelo como un doble antitético de Genji, permanentemente envuelto en aventuras amorosas rocambolescas, situaciones de voyeurismo algo casposas y conflictos de poder con sus compañeros y superiores. Al fin y al cabo, la calle también tiene sus códigos y su etiqueta.

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