Monos (猿 / saru)

En las primeras semanas del confinamiento de la primavera pasada, se hizo viral una noticia sobre los monos del templo de Lopburi, en Tailandia, que, ante la escasez de alimentos provocada por la ausencia de turistas y locales, habrían causado un gran caos invadiendo la ciudad. La verdad, estuve en Lopburi unos meses antes de que estallara todo y, lo menos que puedo decir, es que la noticia no me sorprendió. Ya entonces, las calles alrededor del templo habían sido abandonadas, con todas las tiendas y pisos con las persianas bajadas, ante las incursiones cada vez más violentas de los macacos para conseguir comida. Y lo que me esperaba en los jardines del santuario no era precisamente una bucólica estampa zen. Miles de monos aullaban, fornicaban (la cópula de los simios es bastante gráfica) o se peleaban entre sí por los alimentos y objetos sustraídos a humanos incautos, y hasta algunas hembras intentaban arrancarse las crías unas a otras. La ilustración definitiva de uno de los grandes malentendidos en occidente sobre lo que significa la presencia de esos animales en los templos budistas: si los monjes de algunos monasterios los alimentan y los contemplan en sus meditaciones, no es para reflexionar sobre una supuesta perfección de la madre naturaleza y sobre la necesidad de vivir en harmonía con ella (lo que esperan encontrar los turistas), sino para entender, ante ese caos simiesco, la miseria del hombre entregado a su ego y a sus pulsiones más bajas, privado de la capa civilizadora de las enseñanzas de Buda.

Mowgli made leader of the Bandar Log, John Charles Dollman

Seguramente Rudyard Kipling, el más indio de los escritores ingleses, llegó a la misma conclusión que los monjes al observarlos en los enormes jardines de las plantaciones coloniales británicas. En su Libro de la selva, los Bandar Log, el “pueblo mono”, es una de las tribus más despreciables de la comunidad selvática, hasta tal punto que Bagheera y Baloo hacen una mueca de horror y asco cuando Mowgli confiesa que ha estado frecuentándolos. ¿Qué tendrán de tan horrible los moradores de la ciudad abandonada? El Libro de la Selva es, como todos los clásicos de la literatura juvenil, una historia de coming of age, siguiendo la evolución de Mowgli de animal a hombre. La primera etapa de este camino iniciático es la comprensión de la Ley de la Jungla, que, contrariamente a lo que podríamos pensar, remite en la cosmogonía de Kipling a un sistema moral natural y primigenio. Los psicólogos dirían que a la capacidad que adquieren los niños hacia los 6 o 7 años para distinguir el bien y el mal. Y en esos están maestro pantera y maestro oso cuando descubren las malas amistades de su retoño quien, como buen preadolescente díscolo, se está liando con lo peorcito del barrio. Los Bandar Log se enorgullecen de ser el pueblo que no obedece a la Ley.  Para empezar, no tienen Rey, el colmo de lo impensable para un británico (la adaptación de Disney, aparte de la elegancia de ponerles acento afroamericano y hacerles cantar Jazz, también obviará el detalle de esta organización social casi anarquista). Su credo lo resume la canción que repiten como un mantra:

somos grandes, somos libres, somos maravillosos,

somos el pueblo más maravilloso de la jungla,

todos nosotros lo decimos, así que tiene que ser verdad”.  

Así pues, el pueblo mono resulta ser, además de medio idiota y caótico, tremendamente vanidoso, siendo seguramente la vanidad el pecado capital de todas las espiritualidades orientales. El Ego es una trampa, una ilusión. También es de notar su facilidad para autoengañarse con discursos, ya que para convencerse de que son lo más maravilloso solo hace falta que todos lo digan. Y es este otro de los pilares de las religiones asiáticas. La palabra es una trampa, una ilusión.

Vanaras and Demons at Lanka.
¿Quién quiere King kong VS Gozilla teniendo monos vs demonios?

 Supongo que Rudyard Kipling, empapado de cultura local, habría leído el Ramaiana, el gran poema épico compuesto entre el año 2000 y el año 200 antes de nuestra era. Allí encontramos una primera versión de ese pueblo mono, los vanaras o “habitantes del bosque”. Rama, séptimo avatar de Visnú y cúmulo ideal de virtudes, ha sido exiliado de la sociedad humana tras una intriga palaciega urdida, como no, por su madrastra. Acompañado por su hermano y su bella esposa Sita, hallan refugio en el bosque antes de que el malvado demonio Ravana rapte a la joven. El resto del poema narra las aventuras y la gran guerra por arrancarla de las garras del reino demoniaco. Lo curioso es que el grueso de las tropas lideradas por el héroe lo componen justamente los vanaras, con quienes ha sellado un pacto en el bosque. El pueblo mono del Ramaiana, al igual que los zorros o los mapaches japoneses, son animales metamorfos. Y al igual que los zorros y los mapaches japoneses, esta ambigüedad en la apariencia adoptada también se traduce en una ambigüedad moral. Los vanaras son perezosos, díscolos y fiesteros. Pero también demuestran una valentía y una fidelidad sin par. Al ser moradores de los bosques, hay que situarlos en un plano moral distinto al humano. Quizá una de las enseñanzas del Ramaiana es la forma en que el héroe, apartado de la civilización humana, consigue encauzar esas fuerzas naturales que se rigen por otros parámetros.

En el corazón de Hánuman solo caben Sita y Rama

El miembro más ilustre de la tribu de los Vanara es sin duda Hánuman, el más fiel de los compañeros de Rama, posteriormente divinizado como Dios Mono, la divinidad tutelar de casi todas las aldeas agrícolas del subcontinente. En el Ramaiana original es, al igual que su señor, un cúmulo de virtudes de tan intachable moral que a menudo roza lo irritante para un lector del siglo XXI. El poema, sin embargo, diseminó por todo el sureste asiático, hasta Java, y tuvo especial fortuna en Tailandia, donde ha dado nombre a la mayoría de reyes de la actual dinastía. La versión tailandesa es el Ramakien y en ella Hánuman adopta rasgos nítidamente picarescos, multiplicando aventuras eróticas y engaños con multitud de seres mitológicos. Su historia de amor con la sirena Suvannamaccha es una de las imágenes del banner que preside este blog.

El Viaje al Oeste, pintura sobre madera

Otra imagen de mi banner nos muestra a Sun Wukong, el Rei Mono de la más famosa de todas las novelas chinas clásicas, el Viaje al Oeste (para entendernos, la inspiración principal de Dragon Ball). Muchos escolares han subrayado las similitudes con Hánuman, del que hereda algunos rasgos, empezando por ser el hijo del viento. Aunque contrariamente al virtuoso Hánuman indio y más en sintonía con los monos ladrones que aterrorizaron Lopburi durante el confinamiento, Sun Wukong empieza siendo un agente del caos. Tanto para sus súbditos monos o como para su satisfacción personal, de dedica a robar incansablemente objetos mágicos en los mundos celestes o en el inframundo (por algo es hijo del viento) y siembra tal desorden entre la burocratizada comunidad de dioses Chinos que Buda en persona acabará por intervenir y castigarlo a 500 años encerrado en una caja bajo una montaña. Allí lo encuentra y libera el monje Xuanzang mucho después, durante su peligrosa peregrinación por Asia Central en búsqueda de un pasaje a India y de los textos sagrados originales. Esta vez, sin embargo, el monje cuenta con una ayuda para controlar a tan imprevisible personaje: una corona que, ajustada sobre la cabeza del vanidoso Rei Mono, se estrechará o no con una sola palabra de Xuanzang, obligando al recién liberado semi dios a obedecerle y, con el tiempo, convirtiéndole en un fiel compañero de ruta.  Así, una vez más, una fuerza caótica y descontrolada, situada en un plano moral anterior al bien y al mal, es hábilmente encauzada por la intervención del héroe.

2 comentarios sobre “Monos (猿 / saru)

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