Street food (小吃 / Xiaochi)

Una gélida y húmeda mañana de 1520, los arruinados mercaderes venecianos descubrieron, horrorizados, como de un navío portugués empezaban a descargar, en los muelles de la plaza San Marco, canela de Ceylan, pimienta de Goa, jengibre de Malaca, nuez moscada de Ambon y clavos de Ternate. Esa mañana marcó la decadencia de la ruta terrestre de las especies en cuyos mercados clave los venecianos habían ido asentándose durante siglos, a base de ingenio, diplomacia y extorsión. Mercados que no debían oler tan distinto a lo que huelen hoy en día: uno de los reclamos que desde siempre ha ejercido Asia sobre los viajeros, navegantes y comerciantes occidentales es que sus calles huelen a comida rica.

In the mood for love, Wong Kar-wai,
o que difícil es ser Maggie en una tienda de fideos

Este principio pandémico de 2021 me lo ha salvado la distribuidora Avalon reponiendo en cines la casi totalidad de las películas de Wong Kar-Wai. Y si hay un director que huela a comida callejera, ese es Wong Kar-Wai. Empezando por su obra maestra, In the Mood for Love. La primera vez que suena la icónica Yumeji’s theme, una deslumbrante Maggie Cheung se cruza en erótico roce con un también deslumbrante Tony Leung en las angostas escaleras que llevan a una tienda de fideos para llevar. Desatendidos por sus respectivas e infieles parejas, ambos tendrán que comer los fideos en la soledad de sus claustrofóbicas habitaciones. La comida callejera como marcador de la infelicidad conyugal y los puestos de comida como única interfaz posible entre lo privado y lo público, el espacio donde fugazmente pueden suceder los roces.

Chungking express, Wong Kar-wai,
All the leaves are brown….”

Todo el cine del director de Hong Kong está habitado por estas mismas imágenes, aunque una de sus películas me es especialmente simpática, la luminosa Chungking Express. La intriga, o las intrigas ya que son varias, se construyen sobre la analogía entre comida rápida y amores rápidos. La segunda historia, la más solar, transcurre en su mayor parte entre el mostrador de un sitio de Kebab y un mercado callejero, donde el policía Tony Leung y la vendedora Faye Wong (deslumbrantes también, como no) van a ir encontrándose y desencontrándose bajo la mirada celestinesca del dueño y de los cocineros: el nacimiento del amor en Wong Kar-Wai siempre está condicionado por la presencia o ausencia de la mirada de los demás (normal en una ciudad tan densamente poblada como Hong Kong) y los puestos de comida callejera son los espacios donde esa mirada está y no está a la vez.    

Bangkok Love Stories, Ekachai Uekrongtham

Cambiando completamente de registro, los restaurantes de Street Food son también un espacio privilegiado de muchos doramas telenovelescos asiáticos, supongo que por este juego que permiten entre lo privado y lo público, lo íntimo y lo revelado, lo secreto y lo manifiesto. Así, detrás de la barra, encontramos a un cocinero, o a una cocinera las más veces, cuya habilidad y delicadeza en la manipulación de los ingredientes solo puede compararse con su habilidad y delicadeza en la manipulación de las cosas del alma.  Del otro lado de la barra, todo el catálogo de la infelicidad urbana contemporánea con sus problemas. Esta es la premisa de doramas no muy originales como Midnight diner, que transcurre en su integralidad en los bajos de Shinjuku, Tokyo. Más original me parece la delirante y a menudo insoportablemente kitch Bangkok Love Stories (recomiendo ver al menos un par de capítulos porque es una experiencia lisérgica). Por el puesto de papaya salad que regentan una joven viuda y una lady boy en Silom, el trepidante barrio nocturno de la capital tailandesa, desfilan todos los habitantes de la zona, scorts chicos y scorts chicas, gogos, camareros, etc.  La cosa es que a imagen del simpático caos que baña el barrio, viuda y lady boy no son especialmente duchas ni en la cocina ni en las cosas del alma.  

Paranoia agent, Satoshi Kon

También en el anime suelen funcionar a menudo los puestos de comida callejera como espacios de liberación de la palabra, aunque en la configuración nipona el elemento del cocinero es opcional. Las más veces se trata de compañeros de trabajo, policías particularmente, haciendo debriefing de los asuntos del día. El mundo laboral japonés con sus estrictos códigos no es un espacio demasiado eficaz para la resolución de conflictos. Pero en la intimidad que impone la estrechez de esas diminutas barras y ayudadas por el alcohol, las lenguas acaban desatándose. Mención especial para el caso de Naruto, cuyo nombre viene de uno de los ingredientes del plato preferido del protagonista, el ramen callejero. En la barra de los puestos de ramen, nuestro héroe preferido tendrá las conversaciones más transcendentes con sus sucesivos maestros. Los sitios de comida callejera como espacios de transmisión.

Card Captor Sakura, Clamp

Terminaremos este viaje culinario con el evento por excelencia que celebra la comida callejera: los matsuri, festivales y fiestas japonesas en que toda la población de un pueblo o ciudad se lanza a la calle a comer y rezar al templo o al santuario. Todo lo que gira alrededor de los matsuri contribuye a subrayar su carácter excepcional, fuera del tiempo normal de lo cotidiano. Los japoneses y, sobre todo, las japonesas se asean y peinan meticulosamente y visten sus mejores kimonos antes de entrar en un espacio altamente teatralizado. Teatralización y excepcionalidad, dos características que los mangakas como Rumiko Takashi explotan abundantemente. Los matsuri se convierten así en el telón de fondo de las intrigas más alocadamente vodevilescas, entre stands de takoyakis o de piruletas de calamar. Incluso pueden convertirse, al estar en las inmediaciones de esos espacios mágicos que son los templos, en esa ventana temporal durante la que nuestro mundo y el mundo de los espíritus se superponen.  Y si antes se han añadido algunas setas alucinógenas a tu okonomiyaki, más.    

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