Aguas (水 / mizu)

En Japón, todo es agua, el agua baña todos sus grandes iconos culturales. Las aguas tranquilas y purificadoras de los onsen, las casas de baños donde transcurre su película más mundialmente conocida, el Viaje de Chihiro. Las aguas violentas y destructoras de la Gran Ola de Hokusai, mares desencadenados y ríos desbordados que amenazan desde siempre al archipiélago.  Las aguas profundas del océano, donde esperan desde siempre los monstruos gigantes, empezando por Godzilla (de “Gujira”, la ballena). Aguas ambivalentemente eróticas, lo bello de cuerpo desnudo de una pescadora bañándose y lo grotesco de tantas criaturas tentaculares, monstruos pulpo libidinosos y húmedos que encarnan la sexualidad más agresiva a lo Urotsukidoji. Estampas japonesas o Ukiyo-e, literalmente las “imágenes del mundo flotante”.  Porque en un Japón impregnado de budismo, vivir es flotar: el alma flota; los sueños flotan; la memoria flota. La vida tiene la consistencia escurridiza y los reflejos hipnotizantes del agua. Así en la realidad como en la ficción y, sobre todo, en el manga.

Noragami, Adachitoka

En nuestro imaginario europeo, el arquetipo del poeta es el galán con pico de oro, a la Petrarca o a la Quevedo. O puede que también el tenebroso de trágico final, a la Baudelaire o a la Lord Byron. Nada más lejos de la realidad nipona. El referente unánime en el terreno de la lírica es Matsuo Basho, que en el siglo XVII recorrió la isla de Honshu hasta los confines norte de la civilización, durmiendo al ras las más veces, como un ermitaño, solo o acompañado de alguno de sus numerosos discípulos, escribiendo Haikus sobre lo que iba viendo, la luna, el Fuji y hasta sobre los malditos mosquitos. Uno en particular es tan archiconocido dentro y fuera del archipiélago, que hasta un niño de primaria podría recitarlo:

Agua estancada.

Ha saltado una rana

Resuena el agua

Tres diminutos versos que han generado un volumen inabarcable de glosa, con las más diversas interpretaciones. Aunque todas giran alrededor de las mismas ideas budistas: la permanencia del agua, la fugacidad del salto, las ondas que deja en la superficie (esas mismas que los jardines Zen solidifican). ¿Será el agua la conciencia adormecida y el salto la iluminación fugaz, el Satori?  Esta última interpretación sirve de base para un recurso narrativo presente en casi todos los mangas y animes que he visto desde que tengo uso de razón. En un espacio abstracto, en la nada absoluta (lo que nos sitúa de entrada en un plano onírico, o psicológico), una gota cae sobre una superficie de agua, generando ondas: el héroe acaba de tener una revelación, o de percibir al enemigo, o quizá incluso acaba simplemente de acordarse de la lista de la compra. ¡plic! ¡coño, me se olvidó el champú!

Noragami, Adachitoka

A partir de esta imagen raíz voy a formular una hipótesis algo arriesgada sobre las distintas sensibilidades al agua en los manga, oponiendo lo masculino del shonen a lo femenino del shojo. El haiku de Basho opone también dos planos: las profundidades oscuras de esa agua estancada y la centelleante superficie donde los círculos concéntricos de las ondas se expanden. Mi idea es que las heroínas de los shojo tienden a buscar esas profundidades melancólicas del agua mientras que los héroes de los shonen tienden a intentar permanecer flotando sobre la superficie.

Ophelia, John Everett Millais

Seamos galanes y empecemos con las heroínas del shojo (o sus efebos andróginos, que viene a ser lo mismo). Ya conté en occidentes la influencia que tuvo la literatura neo-gótica y victoriana sobre el grupo del 24, las media docena de mujeres mangakas que sentaron las bases del shojo allí por los años 60 y 70.  La Inglaterra decimonónica con sus protocolos estrictos, su sociedad estratificada, pero también su tenebrismo entre mórbido y dulce. Un cuadro inglés de 1852 obsesionó a esas artistas: la muerte de Ofelia. La amada de Hamlet se ha suicidado, y entre las aguas que mecen las flores, la cabellera y las sedas de su vestido, exhibe una inquietante expresión de paz y beatitud encontradas. Creo que en la mitad de los tropecientos mil shojo que se han escrito podemos encontrar algún momento así.

El Clan de los Poe, Moto Hagio

La editorial Tomodomo acaba de publicar uno de estos clásicos setenteros, el Clan de los Poe (un guiño obvio a Edgar Allan Poe).  Su segundo tomo empieza con estas líneas: ”[el internado] Se alza sobre una isla en mitad del río. Con la torre de la Iglesia colocada a proa, parece un barco que avanza surcando las olas”. El internado-mundo en el que van a moverse los protagonistas es una barca a la merced de las olas y las corrientes. Desde esta barca, los bellos narcisos del internado se contemplan en las superficies acuáticas. El agua es, en primer lugar, un espejo en el que escrutarse y admirar su belleza, estableciendo un juego de simetrías entre el efebo y su reflejo, el agua en el fondo del río y el agua en el fondo de esas gigantescas pupilas permanentemente húmedas del shojo, como en este otro Haiku del ermitaño Basho: como se parece / a su sombra sobre el agua / el iris. Sin embargo, la imagen reflejada puede ser borrosa o inquietante, en ocasiones hasta peligrosa. De tanto contemplarse, los secretos del alma y las memorias encerradas en sus profundidades vuelven a emerger hacia la superficie. El Clan de los Poe es la historia de dos Vampirnellas adolescentes a lo largo de dos siglos, sin ningún tipo de orden cronológico, la autora no quiere darnos ningún punto de referencia sólido. Las historias van dibujándose y desdibujándose con los contornos líquidos de un sueño o de un recuerdo lejano.  Los dos Vampirnellas irán cruzándose fugazmente con un amplio elenco de personajes. Los dos héroes son el agua inmóvil y estancada de las profundidades, eternamente adolescentes, con los mismos rasgos para siempre, y sus encuentros son las imágenes y reflejos efímeros que se forman en la superficie.

La Balada del viento y los árboles, Keiki Takemiya

Las historias a veces acaban en tragedia. El Clan de los Poe está poblado de imágenes de ahogados que han ido en búsqueda de esas aguas profundas anheladas. También lo está otro clásico del shojo setentero, la Balada del viento y los árboles. Uno de los momentos cumbre de la saga es la violación del joven Gilbert a manos de un pintor. Traumatizado, erra con la mirada vacía, semi desnudo por las calles de un puerto. “Quiero irme a casa. El sonido de las olas. Quiero volver. El sonido de las olas”. Y se adentra en el mar. Pocas veces quedará tan explicito la auténtica naturaleza de ese anhelo: volver al paraíso perdido de la infancia, olvidar las experiencias traumáticas de la adolescencia, disolverse en el líquido amniótico, dormir.

X, CLAMP.
“duerme, voy a tomar posesión de tu cuerpo, y ya sólo tendrás que dormir”

Cambiemos de época y saltemos un par de décadas hacia delante, hacia los 90 y hacia las CLAMP, seguramente las autoras de shojo más famosas. Si unas autoras se merecen el calificativo de acuáticas, sin duda son ellas. Su obra maestra, la inacabada X, es una especie de catedral reflejándose en un lago, con cada elemento de la historia simétricamente desdoblado (cómo la letra que da título al manga). Uno de los personajes principales es la princesa oráculo, que practica la hidromancia, la adivinación en el agua (porque en el agua yacen tanto los recuerdos del pasado como los dramas por venir) y la oniromancia, la adivinación en los sueños (porque para las CLAMP, sueño y agua son totalmente intercambiables, los sueños están literalmente hechos de agua en sus ilustraciones).  Su doble maléfico la arrastrará a las profundidades del sueño. En esa imagen de una princesa hundiéndose, con todas las capas y pliegues de su kimono flotando, seguro que el público japonés vio uno de los momentos más trágicamente hermosos de su historia. La decisiva batalla naval de Dan-no-Ura. Las princesas y cortesanas del clan Heike, que habían huido de Kyoto a bordo de barcos de guerra, acabaron en las profundidades del mar, con el resto de la flota del bando derrotado y de los tesoros de la capital que se habían llevado consigo. El agua tiene sed y se traga la belleza.

Naruto, Masashi Kishimoto

Lo contrario sucede en los shonen. Lo primero que aprenderá Naruto de su maestro Kakashi es a caminar sobre la superficie del agua sin hundirse. Y en el combate más importante de toda la saga, el que le enfrenta a su amigo de inafancia Sasuke, ambos corretean incansablemente sobre un lago formado por las aguas de una cascada. A los dos lados de la cascada, las gigantescas estatuas de Madara Uchiwa y del primer Hokage, que no son sino los dobles de nuestros protagonistas, que ya se enfrentaron en la noche de los tiempos. Las aguas en Naruto también están cargadas de historia. Pero en la teoría oriental de la lucha, combatir es olvidarse a sí mismo. Combatir y meditar viene a ser lo mismo. Para caminar sobre la superficie de agua sin hundirse, lo primero es concentrar el chakra, hacer desaparecer el yo, la memoria, los sueños, la historia. Todas esas cosas, en definitiva, que en el shojo arrastran a las heroínas hacia las aguas profundas.

Ranma 1/2, Rumiko Takahashi.

Desde Jojo’s bizarre adventure hasta Ghost in the Shell, los shonen que usan esta imagen del guerrero concentrado caminando sobre el agua son legión. Uno me interesa especialmente, por cerrar con una puntilla cómica esta oposición entre superficies masculinas y profundidades femeninas. Estoy pensando en el héroe a veces hombre y a veces mujer que amenizó mis tardes de adolescencia, en el incombustible Ranma 1/2. ¿Cómo empieza la historia? Ranma y su padre se entrenan luchando sobre las cañas del paraje de los mil manantiales, procurando no tocar jamás el agua de las fuentes. Pero, drama, Ranma cae y se hunde en una de ellas. Desde entonces le perseguirá una maldición: cada vez que se moje, se convertirá en chica. ¿Será porque los hombres deben permanecer secos y no llorar jamás?

Saint Seiya, Masami Kurumada

Una última imagen que siempre me ha fascinado, del más femenino de todos los shonen, Saint Seiya. El caballero del cisne, Hyoga, lleva una rosa a su madre muerta, atrapada para siempre en un barco que se hundió en las gélidas aguas del Ártico.  Y allá está ella, cual Ofelia, en su lecho acuático. ¿Cómo no anhelar la muerte por el agua en la imaginación de una adolescente japonesa? Dormir eternamente, eternamente bella.

2 comentarios sobre “Aguas (水 / mizu)

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  1. Oye, yo a todo esto le veo un rollo lo femenino del yin (que también es el agua) y lo masculino del yang (que creo que es el fuego). Además, lo esotérico taoista está siempre detrás de los combates del las fantasías chinas… Creo que hay un filón que puedes explorar por ahí.

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