Revueltas (社会不安 / Shakaifuan)

Sin duda los debates de esta semana sobre violencias policiales y violencias callejeras son la prueba definitiva de que nuestras vidas están regidas por el Samsara, de que la forma del tiempo es circular y de que todo retorna eternamente. Seguro que en la caverna primitiva ya se peleaban por el ¡Oh gran Tabú! de la quema de contenedores, y con idénticos argumentos: “groot creer que si jóvenes cazar más mamuts, menos tiempo para lanzar piedras a amigos del jefe”.

Samsara, Templo tibetano.
O el eterno retorno de los mismos debates

Pero si el debate sobre la legitimidad o no de la acción violenta es probablemente universal, las zonas por donde fractura ideológicamente a las sociedades cambian en función de las coordenadas históricas y geográficas. Basta con observar a países cercanos como Francia o EEUU, donde movimientos como los chalecos amarillos o el asalto al capitolio han reactivado el imaginario de la insurrección popular en círculos muy lejanos al izquierdismo tradicional. Tampoco es de extrañar que ocurra justo en estos países. Su gran relato nacional (o sea, la historia consensual y Disney que aprenden en las escuelas) está repleto de episodios que legitiman este tipo de acción. Hasta los mitos fundacionales de sus estados modernos son, en el fondo, dos noches de jaleo con alborotadores algo pasados: la Boston Tea Party y la toma de la Bastilla. Así que, de nuevo sin más preámbulos, ¿Cómo representan las insurrecciones populares en su producción cultural de masas los países asiáticos?

Koyla, Rakesh Koshan.
Rambo guiando al puebo

Mi primera experiencia con el cine de Bollywood fue inolvidable. Debía ser hacia finales de los 90. En España, la palabra apenas había llegado. Pero yo estaba con un amigo en mi primer viaje de mochilero por Marruecos y, en cada cine, veía carteles barroquísimos de películas desconocidas y en cada quiosco posters de estrellas exóticas que claramente no eran marroquíes. En una ciudad de playa nos armamos de valor, nos plantamos delante de unas taquillas y como la película estaba subtitulada en francés, compramos un par de entradas. El visionado no pudo ser más mind blowing. Tres horas largas, con un ambiente en la sala rollo Cinema Paraíso, y una peli que alternaba secuencias al más puro estilo Rambo de helicópteros explotando, y bailes coloridos que dejaban a las actrices al borde del trance. Se llamaba Koyla, con la super mega estrella india Shah Rukh Khan. Y lo que me interesa aquí es su desenlace: el malo malísimo, un Rajá que accesoriamente es dueño de la cantera, la mina y de la mitad de las tierras de la zona y ha violado a la protagonista, se enfrenta al pueblo que ha tomado palos y picas y perece bajo sus golpes.

Mother India, Mehboob Khan

Hasta que Narendra Modi y su Partido Nacionalista Hindú no tomaran las riendas políticas y morales de la India hace algo más de una década, el cine de Bollywood era esto. Bailes, muchos bailes, pero también campesinos, obreros o mineros, muchos campesinos, obreros y mineros, defendiendo con uñas y dientes su dignidad, reviviendo en cada nueva película el nacimiento de su nación: la forma en que se fraguó la unidad que permitió la victoria sobre los ingleses, antes de que se truncara el sueño inicial de una India sin distinciones de casta, etnia o religión. Como en Mother India, su inmensa epopeya de 1959, o la India rural que sufre y lucha.

Dignitarios de la era Meiji temprana, grabado de 1877

El mito fundacional de la modernidad nipona es la restauración Meiji, del que los propios japoneses suelen tener una lectura bastante agridulce y ambivalente. Para empezar, todo lo provoca la inmensa humillación nacional que supone la rendición ante los 4 acorazados americanos que llegaron a la bahía de Tokyo en 1853 para extorsionar al Shogun. Mal principio. Siguió una época convulsa de guerras y revueltas que desemboca en la decisión de una modernización rápida y total del país, ante el riesgo de acabar colonizados por alguna potencia occidental. Un choc para la población, que ve como estructuras sociales milenarias, empezando por los samuráis o los barrios rojos, desaparecen en un instante, dejando a centenares de miles en la pobreza y la ociosidad. Y un relato oficial que podemos resumir así: “la modernización ha requerido enormes sacrificios y ha acabado con la harmonía del periodo Edo, tal vez incluso con la identidad japonesa, pero era un sacrificio inevitable para garantizar la independencia”.

Rurouni Kenshin (live action), Nobuhiro Watsuki.
Modernidad y tradición a finales del XIX

Como era de esperar, este periodo convulso ha servido como telón de fondo para multitud de obras de ficción. La más conocida aquí es Rorourin Kenshin, en la que un antiguo asesino a las ordenes del emperador durante las guerras previas a la restauración, intenta adaptarse al nuevo Japón de los años 1870. Kenshin es absolutamente leal al nuevo régimen, que ha ayudado a instaurar. Pero está claro que las simpatías en el manga están mucho más del lado de los antiguos samuráis, por muchos problemas que sigan generando y por muy perdida que esté su causa, que del lado de los nuevos capitalistas, especuladores o traficantes, y sus lujosas mansiones de estilo europeo. Recoge así cierta tradición de resistencia violenta con sensibilidad romántica y reaccionaria. Mishima no anda muy lejos.

Revueltas estudiantiles en Tokyo, 1968

Del lado izquierdista, poco jugo podían sacar los comunistas o socialistas japoneses de este mito fundacional en que la sagrada autoridad imperial impuso verticalmente a la población una modernización acelerada. Tampoco encontrarían un material ejemplarizante mucho mejor en los relatos aristocráticos de las guerras entre los Taira y los Minamoto o en las delicadas historias cortesanas del Genji Monogatari. ¿Hacia dónde girarse entonces? Estamos en los años 60, y las revueltas de los estudiantes izquierdistas en las universidades y en las calles del archipiélago alcanza su cenit con la renegociación del tratado de paz americano-japonés. De ahí saldrán esas extrañas imágenes de manifestantes con cascos de trabajo, insignias, códigos de colores inmediatamente reconocibles, que dejarán su huella en revueltas asiáticas más recientes como en Tailandia o en Hong Kong. ¿Qué leen esos estudiantes? ¿Qué cine miran?

Kamui Den, Sanpei Shirato.
Con cañas de bambú a por el castillo

Leen un manga inmensamente popular de Sanpei Shirato, el Kamui Den. Y miran una  película clásica de Mizoguchi, el intendente Sansho. Ambas historias (y muchas más los años 60 y 70) recuperan y reactualizan esa constante en la historia Japonesa que son las revueltas campesinas, guiadas por ese extraño concepto que es el Ikki: ante una situación de injusticia flagrante, a menudo provocada por algún funcionario corrupto enviado desde Edo, los campesinos deciden en sagrado juramente colectivo luchar, hasta la muerte si hace falta, con cañas de bambú si hace falta, pero luchar.    

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