Occidentes (洋 / You)

Detective Dee and the phantom flame, Tsui Hark.
¡Vivan los anacronismos!

Un minuto es el tiempo exacto que tardó Tsui Hark en enamorarme con su primer Detective Dee. Y eso que recuerdo que me la puse un domingo de resaca para alimentar mi encefalograma plano. Pero en cuanto se abrió con una puesta de sol de colores saturadísimos sobre un puerto del lejano oriente totalmente fantaseado, tutelado por una gigantesca estatua de un Buda compasivo de pie, y vi llegar una barca con dos especies de centuriones romanos hablando español (que debe de sonar exotiquísimo en China), a mí ya me tuvo ganado: soy muy de acercamientos imposibles de contrarios. Luego eché cuentas y pensé que no pintaban nada unos romanos allí. Roma y China sabían de su existencia mutua (de hecho, Roma se arruinó literalmente para vestir de seda a sus patricias), pero jamás llegaron a intercambiar embajadas. Y tampoco pintaba nada un Buda gigante en la China de los Han, las 4 nobles verdades que nos reveló aún tardarían unos siglos en cruzar el Himalaya. A menos que no fueran romanos y que no fueran Han, claro. Rebobino hasta la frase introductoria. Pone que estamos en el Siglo VIII. Mentalmente repaso lo que sé. Apogeo del budismo en la corte de los Tang, esto ya me empieza a cuadrar más. Batalla de Talas, 751. Quizá una de las tres batallas más importantes de la historia de la humanidad, pero que aquí nunca se estudia: en algún lugar de Asia central, la opulentísima China de los Tang, en plena expansión, se encontró y perdió contra el opulentísimo Califato Omeya, entablando luego relaciones y fijando las fronteras de las zonas de influencia de ambas áreas culturales hasta… hasta hoy en día. Así que estos simpáticos centuriones con el peinado a la Emperador Marco Aurelio, la faldillita de cuero y las sandalias altas, y que están hablando español, son de hecho emisarios de Damasco. Es que ya se sabe: al Oeste del Río Hindus, árabes, latinos, escandinavos, todos iguales, ¿cómo consiguen distinguirse entre ellos?    

Rookie Historian Goo Hae-Ryung, Sohn Hyung-suk.
Goethe no acaba de cuajar en Joseon

Repasar la representación de occidente en la cultura pop oriental necesitaría 20 tesis: se puede hacer una lectura de toda la producción cultural de los países asiáticos del último siglo y medio como un esfuerzo para encajar y asimilar el trauma de su encuentro con Europa. Así que, a modo de apuntes, empecemos por este encuentro. Quizá la escena que más me ha gustado de todos los soap opera coreanos actuales son los primeros minutos de Rookie Historian Goo Hae-Ryung, que transcurre a mediados del XIX. Primero asistimos a una lectura de una novela rosa coreana de la época, con todas las mujeres del público visiblemente emocionadas con los requiebros cursis y manidos de los que abusa el autor. Luego asistimos a la lectura que está haciendo la protagonista, frente algunas aristócratas y damas de compañía, de Las penas del joven Werther de Goethe, concretamente de la escena de su suicidio. Ni que decir que a las cortesanas, impregnadas de modas estéticas caducas, no gustará nada este final tan moderno y echarán a la protagonista a patadas. Pero la historia sí estaba de su parte: la gran novela europea del XIX acabaría imponiéndose y marcando a toda una generación de autores chinos y japoneses (supongo que coreanos) que exigiría un aggiornamento de los modelos clásicos encorsetados, empezando por el gran Natsumi Soseki y sus sentimientos encontrados para con Europa.

Porco Rosso, Hayao Miyazaki.
Better quote ever

En 1900, el gobierno japonés envió a Natsumi Soseki a estudiar 3 años a Londres, con unas becas comunes en una época en que Japón pretendía digerir lo más rápido posible toda la cultura occidental. Soseki leyó centenares de libros, volvió a Tokyo para ocupar la cátedra de literatura inglesa y guardó siempre un recuerdo agridulce de su experiencia europea, de lo raros que somos, de lo vigoroso y al mismo tiempo frío de nuestras novelas. También Hayao Miyazaki hizo varios viajes decisivos a Europa en los años 70, para documentarse para proyectos como Heidi, Marco, o el Castillo de Cagliostro. Y también, como Soseki, parece guardar un recuerdo ambivalente de nuestro continente. Por un lado, basta con contemplar sus magníficos planos aéreos de las campiñas de la mitteleuropa, sus campos de trigo infinitos, sus pueblos pintorescos y sus ciudades y palacios monumentales para convencerse del amor del director por la geografía y los paisajes de aquí. Por el otro, estos países siempre parecen estar en su universo en momentos políticamente convulsos, con el fascismo de cortina de fondo en la Italia de Porco Roso, la Gran Guerra entre Imperios centrales en el Castillo Ambulante, la industrialización sin fin en Lapüta, o el ejército de estilo prusiano omnipresente en Kiki delivery service. Europa, bella y temible, encarnación de todos los excesos de la humanidad.

La rosa de Versailles, Riyoko Ikeda

Un género del Manga en el que Europa ocupa un lugar destacado es evidentemente el Shojo. Se suele considerar la Princesa Caballero, de Osamu Tezuka, como el primer manga destinado a un público femenino. Su acción transcurre en una especie de reino rollo Hermanos Grimm, fijando pues desde sus orígenes el espacio occidental como paisaje de fondo privilegiado del Shojo. Las innovadoras autoras del grupo del 24 acabaron de fijar esta convención en los años 70, pero acercándola más cronológicamente. Riyoko Ikeda fijó su archiconocida Rosa de Versailles en la corte francesa pre-revolucionaria. Moto Hagio y Keiko Takeyima poblaron sus historias de internados ingleses, franceses o alemanes habitados por tortuosos efebos y sus amores imposibles. Todo el conjunto impregnado por una especie de sensibilidad neogótica, o victoriana, o prerafaelita, o una mezcla de todo esto. No cuesta mucho imaginar qué pueden encontrar en estos universos aparentemente tan lejanos las mujeres japonesas: les permite explicar su historia a menudo silenciada. Una historia de sociedades con estricto protocolo, control férreo de las pasiones y estratificación por clases.   

Street Fighter II, Capcom

 Quizá el Shonen y la cultura adolescente masculina mira menos hacia Europa. El mapa icónico de Street fighter II es revelador de cómo debía ver el mundo un adolescente japonés del año 90. En el centro, Japón. Al Oeste, Papá India, Mamá China y primo Tailandia, con quien mantenían por aquel entonces una intensa relación comercial. Al Este (paradójicamente), Estados Unidos, sobre representado. Brasil, con quién tenía lazos de inmigración históricos. Y en una puntita, aislado, España. Un mapa que traduce la extraña y fructífera relación que mantuvieron Japón y Estados Unidos en la subcultura de los 80. Los gringos fascinados y asustados por samuráis y monjes guerreros, creando sucedáneos como Karate Kid y las Tortugas Ninja. Los nipones produciendo videojuegos como   Streets of Rage o Double Dragon  en que la violencia estilizada de las peligrosas calles de Nueva York parecían el submundo de algunas grandes urbes de Asia del Sureste. Y nosotros sin pintar nada ya.

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