Deportes (スポーツ / Supootsu)

¿Qué hilo une a Bodhidharma (el íconico “muñeco” Daruma, sin pies ni manos), que en el siglo VI cruzó los altísimos pasos nevados del Pamir para llevar el Chan (su escuela budista) y las artes marciales indias a la China de los Tang, con el campo de fútbol infinito que tenía que cruzar Oliver Atton antes de poder lanzar su tiro con efecto?

Érase una vez en China, Tsui Hark

Desde que Hollywood y su mundo marshmallow nos regalaron Karate Kid, es un cliché mas que sobado asociar las artes marciales orientales a una vía de perfeccionamiento espiritual. Aunque, históricamente, así fue. Primero por influencia del Taoísmo y el acento que las enseñanzas de Lao Tse ponen en el fluir con la naturaleza y en no oponer resistencia a sus fuerzas. Esto se traduce concretamente, a nivel físico, por trabajar unos movimientos más flexibles. Mas tarde, por influencia del Chan (el papá chino del Zen). En sus orígenes semi legendarios, Bodhidarma empezó fundando una escuela de kalarippayatt en Kerala, al sur de la India, antes de mudarse a China para darle un nuevo impulso al budismo entonces decadente a través de las técnicas del Chan, y acabar fundando el famosísimo monasterio de Shaolin. Lo que sí es seguro es que la élite guerrera y los monjes de muy diversa obediencia entablaron por aquel entonces una fructífera relación intelectual dando a luz a un nuevo código ético y a nuevas técnicas de autodefensa que, con el paso de los siglos, devinieron cada vez más esotéricas. Europa lo descubrió, con una mezcla de horror y admiración, durante la rebelión de los Boxers, en 1901: miles de campesinos desarmados, pero entrenados a esas técnicas de combate, acosaron con sus simples puños los intereses occidentales en China, antes de ser sangrientamente aplastados cuando intentaban tomar la colonia europea de Pekín. Y de allí a Karate Kid.

Card Captor Sakura, CLAMP

En Japón, la secta Chan arraigó profundamente bajo su avatar más célebre, el Zen. Los samuráis encontraron en él la espiritualidad (y la estética) a la vez sofisticada y austera a la que aspiraban y lo abrazaron ardientemente. Ya por el siglo XVII, con sus katanas criando polvo por culpa de la estabilidad y la paz del periodo Edo, los samuráis nostálgicos de glorias pasadas intentaban engañar al aburrimiento practicando el Kyudo (弓道, “la vía del arco”, donde vía se escribe con el mismo ideograma que el Tao) y el Kendo (剣道, “la vía de la espada). Todo en estos dos deportes supura Zen. La repetición ad infinitum del mismo gesto sencillo, una y otra vez, hasta alcanzar la maestría absoluta. La insistencia en todos los manuales en efectuar este gesto aboliendo el tiempo y el espacio, la conciencia y el ego para fundirse con la flecha o la espada. O en palabras del Abad Takuan Soho, “en el momento en que se empuña el sable, es decir en el tiempo infinitesimal en que golpea el trueno, no existe ni tiempo ni pensamiento”. Vaya, lo que vendría a ser una especie de pequeño Satori o mini iluminación via el deporte.

Touch, Mitsuri Adachi
¿Es un bate o una katana?

Con la ocupación americana en el 1945, todo lo que olía a tradicionalismo se asoció a la dictadura militar y se convirtió en sospechoso. Japón abrazó ardientemente (como siempre) la modernidad extranjera, y esa modernidad pasaba por abrazar los deportes occidentales. De entre la gran variedad que tenían para escoger, dos deportes robaron el corazón de los japoneses de la posguerra: el baseball y el golf. Dos deportes basados, – ¿os suena? – en la repetición ad infinitum del mismo gesto sencillo, una y otra vez, hasta alcanzar la maestría absoluta.

Captain Tsubasa, Yōichi Takahashi

En cuanto a la traducción de este impulso al terreno de la ficción, son incontables los mangas centrados en algún deporte, a cada cual más inverosímil, desde el ping pong hasta la pesca. Se ha escrito abundantemente sobre su rol social en la construcción de los valores típicamente japoneses que son la superación personal y el trabajo en equipo. Menos he leído sobre su funcionamiento poético: todos estos mangas juegan una vez más con el fetichismo japonés para con esas milésimas de segundo en que se accede a la perfección y el resultado se decide. Al fin y al cabo, el bateador frente al lanzador en Touch, el goleador frente al portero en Captain Tsubasa o el rematador frente al bloqueador en Haikyu! (o en Juana y Sergio para los de mi época) no dejan de evocar esos samuráis cruzando brevemente sus katanas con un destello fugaz en mitad de la noche.

Kill Bill, Quentin Tarantino

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